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18 mayo 2010

BOLY & TROYLO





No te preocupes, Troylo: si nada dura —ni el amor—, tampoco la muerte durará. ( Antonio Gala)

¿Sabes cielo? Esto que yo hago contigo no es muy original, no. Mi admirado Antonio Gala inmortalizó a su Troylo charlando con él de cualquier cosa que se le ocurría, y de eso hace muchos años ya. Pero yo no pretendo ser original. La verdad, no pretendo nada, simplemente hablarte como lo hago todos lo días, todas las noches desde que estás conmigo, que ya va para siete años. El contarte mis andanzas, mis sueños, mis decepciones, mis alegrías, mis miedos se ha convertido en mi refugio más íntimo. Tú eres mi confidente más cabal! Por algo eres el único ser al que consiento suba a mi cama y vele mis sueños. ¡Eres tan perfecto Boly! Me escuchas sin interrumpirme, mirándome fijamente, sin parpadear, y eso que yo sé que tu preferirías jugar con la pelota, pero yo me agarro al teclado y tú no te enfadas. Al contrario, te haces un ovillo y aceptando que no es hora de juego, te quedas a mi lado, quieto, calladito, como si no estuvieras, pero colmando de compañía mi intrínseca soledad. No me juzgas, Boly, y que apaciguador es saberse no juzgado. Aceptada por ti, tal cual soy, sin importarte nada más. Sin segundas intenciones, bueno, sí, jugar con tu pelota lo pretendes casi siempre aunque me pongas ojitos de darte igual. Simplemente me quieres, y sabes que yo te quiero; y me necesitas como yo te necesito a ti. Y aquí estamos los dos, juntos, cómplices y tranquilos, sin desear mucho más. Y con tu permiso, porque al fin y al cabo son diálogos de los dos, lo lanzo a la red para compartirlo con quien quiera entrar al Blog, y no me preguntes que es que eso que ya te lo contaré otro día.

Como tu no existías por aquél entonces te cuento algo de Troylo: era el perrito de Antonio Gala, ese escritor que me encanta porque sabe lo que es el corazón; ese señor del bastón que te suena porque no me pierdo una entrevista suya en la tele aunque tú te aburras soberanamente mientras lo escucho ensimismada. Pues verás: Gala charlaba con Troylo y lo compartía con quien quisiera leerlo los domingos en un periódico de este país, que se sigue llamando El País. Para que te sitúes te diré que charlaba de casi todo con Troylo. Era otra época, cuando las cosas en España no estaban nada bien pero, al menos, existía una complicidad y esperanza colectiva de un futuro bueno para todos. Ahora no. Ahora, colectivo, colectivo…pues un partido de fútbol se me ocurre, poca cosa, porque los que son los sueños y esperanzas de entonces se quedaron en el camino de la codicia y prepotencia de los que gestionan los intereses comunes, vamos, los que gestionan realmente nuestras vidas aunque no nos demos cuenta y de los gestionados que también. Perdón, perdón, que me voy de tema. Pues retomo: para muchos Troylo se convirtió en nuestro perro, el de muchísimos españoles, pero no te imaginas cuantos. Y eso, Boly, siempre se lo agradeceré a Gala. Que compartiera tanto con tantos, y, sobretodo, a Troylo, quien cansado de tanta vida decidió irse a descansar bajo el olivo del mismo prado por el que corría. ¿Te acuerdas mi cielo cuantas veces después de confesarte que necesito derramar lágrimas porque me ahogaba de tanto dolor iba corriendo a por un libro y me oías llorar? Pues, el libro es “Charlas con Troylo” y su “Adiós”, homenaje de su dueño y de muchos lectores que sintieron su ausencia, es la única llave que logra que dos torrentes de emociones mojadas recorran mi cara arrastrando la locura de mi Alma. ¿Qué que es el Alma? ¡Venga, mi niño!, Tráeme tu pelota naranja que otro día hablaremos de eso, porque ahora, me parece escuchar como se acercan cataratas de agua.

ADIOS

Esta noche también he soñado contigo.

Corrías sobre el césped del jardín, vivo y dichoso, abanderando el rabo. Corrías hacia mí, me reclamabas. Tu ladrido pequeño henchía la mañana.

He alargado la mano, todavía dormido, buscando por la cama a tientas tu cabeza. Sin encontrarte, Troylo.

He encendido la luz. No estabas, Troylo.

No volverás a estar...

Dicen que no se pierde sino lo que nunca se tuvo. Es mentira.

Yo te tuve: te tuve y no te tengo.

Al pie del olivo que juntos estrenamos, una calva en el césped indica dónde estás.

El césped que plantamos hace nada para que tú corrieras, divertido, sobre él; para que tú, al venir la primavera y su templado soplo, te revolcaras jugando sobre él.

Tú no tendrás más primaveras, Troylo.

Ahora eres tú quien abona ese césped. En esto acaba todo.

¿Quién puede hacerse cargo de tal contradicción?

¿Pueden morir del todo alguna vez unos ojos que se han mirado tanto, se han entendido tanto, se han consolado tanto?

Quizá tú ahora habitas con quien más has querido.

Quizá tú ahora eres —si es que eres— más feliz que conmigo.

Quizá tú trotas, moviendo la menuda grupa, por los verdes campos del Edén. Pero durante once años y medio anduviste enredado a mis piernas;

Arrebujaste tu lealtad a mi vera;

Me seguiste a dos pasos por este mundo que, sin ti, no es el mismo. Continuarán los pájaros y los amaneceres, el chorro de la fuente ascenderá en el aire, como la vida, sólo para caer.

Pero no estarás tú, Troylo, compañero irrepetible mío.

Nunca más, nunca más.

Ya no habrá que sacarte a la calle tres veces cada día,

ni tampoco habrá que sacarte las muelas de noviembre,

ni acercarás resoplando el hocico a los respiraderos de los coches,

Ni te asomaras encantado por las ventanillas,

Ni me recibirás —enloquecido el rabo, ladrando y manoteando— a la puerta de la casa.

Ya no habrá que secarte cuando llueva,

Ni cepillarte por la mañana al salir de la ducha,

Ni reñirte porque pides comida: ya no sabré qué hacer con el trocito último del filete...

Nunca más.

Y no me hago a la idea.

¿Qué es lo que has hecho, Troylo?

Quiero dormir para soñar contigo,

Para jugar contigo y regañarte, para no comprobar que te he perdido.

Con la garganta apretada he mandado hoy retirar tus breves propiedades:

tu toalla, tu manta, tu cepillo, tu peine y tus correas...

Las he mandado retirar, pero no lejos.

Porque a lo mejor una mañana te veo regresar, alegre y frágil, cariñoso y sonoro.

(Acaso esta pesadilla es una broma tuya, y se abrirá una puerta y tú aparecerás. De mis oídos no se quita el ritmo de tus pasos, ni la impaciencia de tu cascabel.)

O a lo mejor soy yo el que se acerca una mañana a ti —quién sabe— y te silbo y te llamo y tú levantas la cabeza con el gesto de siempre.

No te preocupes, Troylo: si nada dura —ni el amor—, tampoco la muerte durará.

En donde sea, estaremos todos juntos de nuevo, riendo y bromeando.

Si no, no habría derecho.

Mientras entró y salió la gente de mi vida —de nuestra vida—,

Tú permaneciste a mi lado, imperturbable, fiel, idéntico, amoroso.

Juntos pasamos por la compañía y por la soledad.

Llegaste, Troylo, a ser yo mismo de otro modo.

El infortunio o el gozo, siempre los compartimos.

Quien a mí me dejó, te dejó a ti, y te quería quien a mí me quiso.

Me hablaba yo, y era a ti a quien hablaba.

La muerte se ha interpuesto en la conversación una vez más, la muerte.

Ahora sí que envejezco, ahora si que estoy solo.

Es la primera vez que te has portado mal conmigo.

Desde la ventana veré y el olivo y a ti al pie del olivo.

Troylo, amigo mío, interminablemente bajo el césped.

La muerte ha interrumpido nuestras charlas.

Descansa en paz,

Nadie jamás podrá sustituirte.

Hasta luego.

Hasta después




Charlas con Troylo
Antonio Gala